lunes, 18 de febrero de 2013

Todo esto es cierto, salvo alguna cosa, supuestamente


Estoy tremendamente enfadada, o quizás debería decir cabreada, palabra que, aunque a alguien le pueda parecer malsonante, está recogida en el diccionario de la Real Academia como sinónimo de irritado, malhumorado, amostazado, etc. Ya sé que ahora todo el mundo dice que está indignado, supongo que porque algunas personas creen que es más fino, o quizás piensan que eso es estar mucho más irritado; pero yo soy de la vieja escuela, de los que se cabrean porque la palabra indignarse no expresa lo suficiente. Yo sería incapaz de renunciar al "mecagoental" por un simple y descafeinado "cáspita".

Pero volviendo a lo mío, decía que estoy enfadadísima. Me levanto por la mañana, más o menos cansada según haya dormido, me preparo mi smoothie o mi cafetito y me siento delante del ordenador a leer las noticias del día. Antes este era un acto bastante rutinario, tranquilo incluso, aunque siempre me encontraba cosas con las que es mejor no iniciar el día; pero es que ahora no voy ni por la mitad del vaso cuando ya se me empieza a calentar la sangre.

Estoy harta de leer siempre lo mismo: un individuo —un dueño o director de un banco, o un político, o un empresario— que ha sido llevado a los tribunales por hurto, estafa, blanqueo de dinero, cohecho, alzamiento de bienes, desfalco, manipulación del mercado, usura, etc., etc., etc., pero que ya está en la calle para poder seguir delinquiendo y riéndose de los demás porque, según los tribunales, que son muy sesudos, no se pueden probar esos crímenes y delitos. Dos páginas más adelante leo que hay una familia a la que van a desahuciar porque no paga el alquiler: el hombre, que lleva cuatro años en el paro, tiene dos hijos que alimentar, uno de ellos discapacitado; la mujer no puede trabajar fuera de casa porque, como han retirado las ayudas, tiene que cuidar ella sola a sus hijos, al que no puede valerse por sí mismo y al otro, que todavía es pequeño y que, por supuesto, no puede llevar a una guardería privada. El padre, mientras tanto, está pidiendo dinero en la calle o intentando que algún familiar o amigo con más fortuna le eche una mano.

La vivienda de esta familia tiene menos metros cuadrados que el espacio donde se reúnen los representantes públicos —a quienes les estamos pagando el sueldo— para decidir los recortes en la sanidad, en la educación, en las ayudas sociales y en cualquier otra cosa que, en su opinión, no sea importante para la ciudadanía. Al fin y al cabo, están ahí porque la mayoría de los individuos de este país —en vaya usted a saber qué condiciones de resaca política o como resultado de no sé qué supuesta venganza hacia el gobierno anterior— decidieron darles un poder que, aunque no era absoluto, ellos han convertido en incontestable por la gracia divina. Me pregunto si de verdad se creen que han sido elegidos por su dios para arrancar a este país de las manos del bienestar social, cosa que en muy pocos meses ya han logrado.

El alquiler mensual de la vivienda de esa familia a punto de ser desahuciada es más bajo que la cuenta que pagan —¿de su bolsillo?— esos servidores públicos por una sola comida de trabajo. El alquiler de esa vivienda durante un año entero, doce meses con todos sus días, uno detrás de otro, cuesta lo mismo —o quizás un poco menos— que alguno de los bolsos de mano que la mujer de algún político ha recibido como regalo de un empresario en un gesto tan altruista que espanta. A esa familia no le hacen falta cinco mil euros para pagar la fiesta de cumpleaños de sus hijos; necesita ese dinero para pagar su casa durante un año entero, para que sus hijos no se queden en la calle y puedan cumplir un año más debajo de un techo.

¿Sabéis qué pasaría si al padre de esta familia se le ocurriera robar un bolso con cuyo valor podría pagar el alquiler de su casa durante un año? Apuesto a que lo meterían en la cárcel y los jueces tendrían pruebas más que suficientes para retenerlo, sin posibilidad de pagar ninguna fianza.

No entiendo por qué en todas partes hablan de supuestos pagos, supuestos desfalcos, supuestos crímenes, cuando está clarísimo lo que pasa con los "supuestos" criminales que nos han llevado a esta situación. Supongo que tenemos un supuesto gobierno democrático que se deja guiar cuando le interesa por un supuesto tribunal que toma decisiones supuestamente justas, que se deja supuestamente sobornar por bancos y empresarios; un gobierno que es supuestamente incapaz de tomar decisiones valientes y solucionar los problemas que nos acucian a todos y acabar de una vez por todas con la supuesta corrupción que asuela este país y en la que supuestamente están implicados muchos miembros del actual gobierno y de otros partidos políticos, supuestamente.

Yo no estoy supuestamente harta ni supuestamente enfadada: estoy hasta las narices de que nos tomen el pelo y cansada de que no llamen a las cosas por su nombre. Me parece muy bien que haya gente indignada, y me alegro de que todo el mundo salga a la calle a protestar contra todos los que nos están estafando y nos acusan a nosotros de haber provocado esta “supuesta” crisis.

A diferencia de lo que dijo el otro, todo lo que yo he dicho aquí es cierto, salvo alguna cosa, así que se me ocurre que todos esos supuestos criminales podían irse a hacer supuestas puñetas.   

domingo, 8 de julio de 2012

El Codex Calixtinus ha vuelto, Deo gratias

Hace un año empecé este blog comentando la noticia de la desaparición del Codex Calixtinus. Hoy quiero mostrar mi regocijo por la recuperación del manuscrito que, asombrosamente, estaba muy cerca, en un garaje con muy mala pinta, al lado de otros objetos de valor y una cantidad ingente de dinero en metálico.   

Según lo que he leído en El País (http://elpais.com/tag/codex_calixtinus/a/), el día 3 de julio la policía arrestó a cuatro personas como presuntas responsables del robo. El principal sospechoso es un hombre que había trabajado como electricista para la catedral de Santiago y que, según su propia confesión, sustrajo el libro por venganza, aunque dista mucho de parecerse a la versión hamletiana, por poner algún ejemplo de glorioso desagravio. El juez ha mandado al electricista a la cárcel sin fianza.

Dicen que el códice fue hallado envuelto en unas bolsas de basura, lo que me ha traído a la memoria aquellas otras que cierto individuo de Marbella iba almacenando en su casa cual hormiguita, eso sí, viviendo al mismo tiempo bastante mejor que la incauta cigarra de la fábula, al compás de música y folclore. Y claro, he recordado también otros muchos casos en los que los supuestos culpables de robo, porque siempre son supuestos, se apropiaron de sumas de valor impronunciable. Por mi cabeza revolotean nombres con ecos de Gürtel, Camps, Costa, Urdangarín, los directivos de Bankia, los del Banco Vaticano, los de los otros bancos y cajas de España, etc., etc., etc. ¿Qué es lo que tienen en común todos estos sujetos? Pues que todos han pecado. Yo fui educada en la religión católica y, aunque todavía siga en estado de convalecencia, cuando oigo casos de estos me asaltan los conceptos religiosos antes que los términos penales. Lo que yo no sé es si los susodichos individuos ya han recibido el perdón divino o si están en ello.

Creo recordar que para que todo católico sea perdonado tras la comisión de un pecado, sea mortal o venial, el paso número uno es confesar la culpa, el número dos arrepentirse, el número tres recibir la absolución del sacerdote y el número cuatro cumplir la penitencia que éste le imponga. Es probable que todos, o la mayoría, de los personajes antes mencionados sean devotos-católicos-apostólicos-romanos, así que me pregunto si en algún momento habrán cumplido con el sagrado sacramento de la confesión en su totalidad; es decir, si habrán confesado ante Dios, o alguno de sus representantes en la tierra, su pecado contra el séptimo mandamiento. Lo que sí sabemos es que ante ningún juez de la tierra han confesado ninguna culpa; quizás por eso no esté ninguno en la cárcel, ni con fianza ni sin ella.

¿Cuál es, entonces, la gran diferencia entre los protagonistas de aquellos robos desmesurados y el actor principal del robo de Santiago? Pues yo no sé nada de leyes, pero sospecho que hay dos razones: una, que el que se apropió del códice indebidamente ha confesado su falta y dos, que los otros cortabolsas no son simples electricistas. Ahora resta por ver si en este caso se va a cumplir o no el refrán: el que roba a un ladrón…

De momento lo que más me preocupa es que el Códice, tras una breve exposición pública, volverá a ser guardado en un lugar secreto que solo conocerán tres personas, en lugar de permitir que pase a mejores manos que sepan cuidar de él en todos los sentidos, como sería lo más lógico. Desgraciadamente, parece que la sensatez es cosa terrenal, no divina. "Pensar en guardar el Códice fuera de la Catedral es una ofensa a Dios", ha dicho el deán de la catedral de Santiago. Pues nada, hágase su voluntad, no sea que se enfade y nos mande más plagas de las que ya padecemos.

Al menos nos alegramos de que el Codex Calixtinus haya sido rescatado brevemente, Deo gratias. 

viernes, 10 de febrero de 2012

Murió el perro, pero siguió la rabia

Hoy es un día nefasto para la democracia, para la libertad y para los derechos humanos. El Tribunal Supremo ha condenado al juez Baltasar Garzón a once años de inhabilitación y todos sabemos por qué lo ha hecho. Digan lo que digan sus miembros, todos sabemos la verdad que esconde una condena tan injusta como aberrante. No, no soy abogada; tampoco soy cocinera y eso no me impide preparar un bacalao que haría babear al mismísimo Adrià. Solo hay que informarse un poco, o mucho, para descubrir las mentiras que nos venden envueltas en papel de desecho.
  
Hace unos días miles de personas en este país se quedaron boquiabiertas al ver cómo declaraban inocentes a dos individuos que llevaban escrita la palabra culpable en la frente desde el primer día. Ni las declaraciones de los testigos, ni los múltiples documentos y facturas (o mejor dicho, la ausencia de ellas), ni las bochornosas conversaciones telefónicas de esos dos individuos con los cabecillas de la trama Gürtel, ni nada ha servido para que se condenara a dos sujetos que son, como poco, presuntos cómplices de criminales que todavía andan sueltos o que volverán a la calle muy pronto. Y ahora resulta que Baltasar Garzón, además de no poder ejercer su profesión en un montón de años, tiene que pagar las costas del juicio a Correa y a los otros cabecillas gracias a la generosa falta de escrúpulos del Tribunal Supremo.

La Justicia suele representarse como una mujer con los ojos vendados, con una balanza en la mano izquierda y una espada en la derecha. El simbolismo pretende mostrar que la Justicia es igual para todos y que a todos alcanza. Si no fuera porque hoy no tengo ninguna gana de reírme, me partiría el pecho con semejante idea. Hoy se ha demostrado claramente qué tipo de Justicia impera en España.
http://politica.elpais.com/politica/2012/02/09/actualidad/1328808543_008006.html

Una vez más, Iñaki Gabilondo ha puesto voz a lo que piensa muchísima gente: "Los cazadores ya tienen su trofeo". http://blogs.elpais.com/la-voz-de-inaki/

Como decía, son malos tiempos para la democracia, para la libertad y para la defensa de los derechos humanos. Por lo visto no es cierto que cuando muere el perro se acaba la rabia.

jueves, 2 de febrero de 2012

De malas noticias están los periódicos llenos

Una de las cosas que procuro hacer a diario por puro placer, además de comer chocolate, es leer el periódico o ver las noticias en la televisión. Lo que he descubierto últimamente es que esas dos actividades de nalgas en reposo son, en cierto modo, un acto de autodaño, lo que me hace temer por mi salud mental.

Resulta que el chocolate le sienta fatal a mi cuerpo, aunque en lo que se refiere al alma me la alegra de inmediato. Yo sé que no debería comerlo, que engorda muchísimo, y cada vez que me encuentro un michelín nuevo o constato que mi barriga podría convertirse en una media esfera de aspecto desagradable, enseguida me acuerdo del maldito chocolate y me pongo a despotricar y a jurarme a mí misma que no volveré a comerlo. El malestar que me producen esos indeseables descubrimientos, sin embargo, no consigue vencer a mi cupiditas. ¡Ay, la famosa cupiditas latina! Cuánto placer y cuánta tragedia derivada de ella. Y si no que se lo digan a Celestina, y a Sempronio y a Pármeno, y a Elicia y Areúsa, y no digamos a Pleberio, que menudo ejemplar se inventó Rojas.

A diferencia de lo que me pasa con el chocolate, que al fin y al cabo me produce un innegable goce, lo que me ocurre con las noticias diarias empieza a ser realmente preocupante: leerlas o verlas me provocan un irremediable malestar que me afecta al cuerpo, a la mente y al mismísimo espíritu. ¿Y qué hago para ponerle remedio? Nada, sigo en mis trece, viendo y leyendo noticias que sé de antemano que me pondrán de mal humor, que me provocarán náuseas y que me harán desear que todos los malnacidos del mundo revienten de una vez y dejen de fastidiar a las buenas gentes de este planeta. No puedo evitarlo.

Contrariamente a lo que podría parecer, no soy una persona negativa, al contrario, mi optimismo me lleva una y otra vez a intentar encontrar alguna noticia en la que se diga que la justicia ha triunfado en este país, que los cómplices de asesinato y crímenes de lesa humanidad son castigados en lugar de ser homenajeados hasta el delirio como supuestos padres de la patria. ¿Nos hemos vuelto amnésicos o qué?

Me gustaría leer en algún periódico que las víctimas del robo masivo que han llevado a cabo bancos y altos cargos no tienen que sacrificarse ahora para pagar los desvaríos y la avaricia desmedida de individuos sin escrúpulos. ¿Y somos nosotros los que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades?

Quiero sentarme un día delante de la tele y ver que han encontrado a todos los implicados en los robos de bebés durante décadas, los que estaban dentro de la Iglesia y los que la servían desde fuera, aquellos que estaban, y  están, en contra del aborto y que obligaban a las madres solteras a tener a sus bebés para arrebatárselos de inmediato y regalárselos o vendérselos a “personas decentes”, católicas, apostólicas y romanas.

Fue una alegría leer ayer que por fin se escucha a la gente que ha tenido las agallas de denunciar las barbaridades cometidas en este país durante la Guerra Civil. Lo sé, hubo tropelías y asesinatos en los dos bandos. Lo que no podemos ignorar es que los verdugos siguieron existiendo después de la guerra, y entonces ya sólo había un bando. ¿Por qué la comunidad internacional reconoce los crímenes de unos dictadores y de otros no? ¿Por qué en algunos casos se clama sin tapujos que ha habido genocidio y en otros en los que se han perpetrado los mismos crímenes solo se habla de “manos limpias”?

En este país la justicia no es ciega, es descaradamente partidista y sigue creyendo a pies juntillas en la existencia de un contubernio cuyo nombre completo solo puede ya provocar la risa.

¡Uf! Todavía no he visto hoy las noticias y ya estoy con la tensión disparada. Será mejor que me coma un trocito de chocolate, a ver si me calmo hasta la hora del Telediario.

sábado, 19 de noviembre de 2011

EX-plicación MAYÚSCULA

Hoy retomamos el tema de las reglas de escritura y de la corrección en el habla, sin ánimo de ofender a nadie ni mucho menos de ser cargante. Mi único propósito es hacer aclaraciones que puedan servir de ayuda a las personas que desean usar la lengua correctamente. Quien no esté interesado puede pasar por alto esta entrada y dedicarse a actividades mucho más lúdicas.

He tenido frecuentes discusiones con mucha gente relacionadas con la acentuación de las palabras mayúsculas. Cada vez que le llamo la atención a alguien porque no ha puesto una tilde necesaria en una letra mayúscula, sistemáticamente me replican lo mismo: “es que las letras mayúsculas no llevan tilde”. Y yo le contesto que sí llevan tilde si les corresponde, exactamente igual que si fueran letras minúsculas. Y ellos atacan de nuevo: “Pues yo de toda la vida he sabido que en las mayúsculas no hace falta poner la tilde”. Y yo contraataco: “Pues que yo sepa, la Academia de la lengua jamás ha dicho que no hubiera que ponerla”. Cuando esta conversación se produce entre un estudiante y yo, la frase que más oigo es esta: “Pues mi profesora ha dicho que sólo llevan tilde las minúsculas”.

Llegados a este punto se me plantea un gran conflicto: ¿le digo que a veces los profesores dicen una cosa y los alumnos interpretan otra? Posible réplica del alumno en cuestión: “Pues ni que yo fuera tonto y no entendiera lo que me dicen”. ¿Le digo que su profesora no se sabe las reglas de acentuación? Posible reacción del alumno: “Pues vaya mierda de profesora”. Y a lo mejor resulta que la buena mujer sí que es buena profesora, pero simplemente no sabía esa regla, quizás porque a ella también se la enseñaron mal y no ha hecho más que repetirla. Ante semejante dilema, si tengo la suerte de tener al alcance de la mano la Ortografía de la lengua española, recurro a lo único que es capaz de convencer a un alumno beligerante: enseñarle el texto publicado por la Real Academia donde se dice que sí, que hay que poner tilde en las letras mayúsculas:  

La acentuación gráfica de las letras mayúsculas no es opcional, sino obligatoria, y afecta a cualquier tipo de texto. Las únicas mayúsculas que no se acentúan son las que forman parte de las siglas; así, CIA (sigla del inglés Central Intelligence Agency) no lleva tilde, aunque el hiato entre la vocal cerrada tónica y la vocal abierta átona exigiría, según las reglas de acentuación, tildar la i.

Si en lugar de esta explicación rápida y simple alguien está interesado en ver el texto completo al respecto, puede encontrarlo en el capítulo IV, párrafo 3.3 de la citada Ortografía.

Por cierto, tengo que hacer una rectificación acerca del uso del prefijo ex- (que aparece en una de mis entradas del blog, concretamente la del 8 de septiembre de 2011, titulada “Los maltratadores de la lengua”). En esa entrada no tuve en cuenta las nuevas reglas de ortografía de la Real Academia, que modifican en parte las que habían establecido al respecto. Aquí va lo nuevo acerca del uso de prefijos:

(…) Las normas aquí expuestas rigen para todos los prefijos, incluido ex-. Para este prefijo se venía prescribiendo hasta ahora la escritura separada (…). A partir de esta edición de la ortografía, ex- debe someterse a las normas generales que rigen para la escritura de todos los prefijos y, por tanto, se escribirá unido a la base si esta es univerbal (exjugador, exnovio, expresidente, etc.), aunque la palabra prefijada pueda llevar un complemento o adjetivo especificativo detrás: exjugador del Real Madrid, exnovio de mi hermana, expresidente brasileño, etc.; y se escribirá separado de la base si esta es pluriverbal: ex cabeza rapada, ex número uno, ex teniente de alcalde, ex primera dama, etc.

En la Ortografía de la lengua española el texto completo se encuentra en el capítulo V, párrafo 2.2.2, en la sección donde se dan los ejemplos con ex-.

Yo no soy experta en ortografía, ni en nada en particular. Hay un montón de reglas de ortografía que no controlo, muchísimas que creo que sé pero que cuando me asomo a ellas tienen tantos matices que al final resulta ser más lo que no sé que lo que domino. Cada vez soy más consciente de la infinidad de lagunas que poseo respecto a la escritura y cada trabajo de corrección que hago se convierte en un tremendo ejercicio de humildad. A veces es desesperante y precisamente porque me doy cuenta de lo difícil que es hablar y escribir correctamente he decidido incluir en mi blog estas breves lecciones, por si sirven de ayuda a quien me lea. Y es que al final, por más que no quiera, me acaba saliendo la vena de profe. La parte buena es que al mismo tiempo que enseño, siempre aprendo algo. Ya lo decía el sabio Gracián: “No hay maestro que no pueda ser discípulo”.

jueves, 27 de octubre de 2011

Halloween: origen y versiones de una tradición milenaria

Hace algún tiempo trabajé como directora de un programa de estudios en Salamanca. A lo largo de siete años tuve que desempeñar muchas labores distintas en ese puesto. Entre mis actividades preferidas con cada uno de aquellos grupos de universitarios estadounidenses estaba la explicación de términos lingüísticos y notas culturales de nuestro país. Lo curioso es que a veces también tenía que explicarles aspectos de la cultura americana y anglosajona que desconocían. Por eso un día decidí contarles qué era Halloween y cuál era el equivalente en otras culturas. Lo que sigue es el texto que escribí para mis estudiantes de entonces (con una leve modificación al final). Espero que aporte información también para alguno de vosotros.
 
 
El día de Halloween tiene su origen en una antiquísima fiesta celta llamada Samhain o Shamhain, que significa “el final del verano”. En aquellos tiempos remotos, ese día marcaba el final de las cosechas y del año celta. También era una celebración en la que se rendía homenaje a los muertos. Duraba desde la puesta de sol del día 31 de octubre hasta el amanecer del 1 de noviembre. Según las creencias celtas, durante esa noche apenas había separación entre el mundo de los muertos y el de los vivos o, dicho de otro modo, se creía que era posible acceder al otro mundo directamente. Son numerosas las leyendas celtas que relatan episodios en los que los mortales entran en contacto con seres del más allá, con seres mágicos (elfos, hadas, duendes…) o incluso tienen el privilegio de viajar en el tiempo gracias a las fuerzas naturales y sobrenaturales que se desencadenan en fechas tan señaladas. Ese carácter sobrenatural se trasladó luego a otros ritos y cultos asociados con la magia y la religión, de ahí que Halloween se conozca también como el Día de las brujas. 
 
 
En esa noche especial se colocaban luminarias en las ventanas y las puertas de las casas que servían para dar la bienvenida a las almas de los seres queridos, pero también funcionaban como amuletos protectores contra los malos espíritus. Cuando los primeros colonos llegaron a Norteamérica, importaron esta tradición, incorporando por primera vez el uso de las calabazas iluminadas. Por cierto, las calabazas, originarias del continente americano, no se conocieron en Europa hasta el siglo XVI.
 
 
Cuando el cristianismo se extendió por Europa adaptó muchas de las fiestas paganas a la nueva religión, ya que la gente se resistía a abandonar sus ritos y cultos ancestrales. Así es como se inicia un sincretismo en el que a los antiguos dioses paganos se les coloca un disfraz con los rasgos de las principales figuras cristianas. Al no poder desterrar la fiesta de Samhain y su fuerte significado simbólico, la Iglesia decidió crear el Día de todos los santos. De este modo, no sólo se recordaba a los difuntos sino que se aprovechaba esta fecha para inculcar en los fieles el miedo a la muerte, recordándoles que tenían que obrar conforme a la doctrina cristiana para no acabar ardiendo en las llamas del infierno. Es un día de oraciones y de visitas al cementerio, una manera de recordar a los seres queridos que ya no están con nosotros. Por eso el día 1 de noviembre hay un montón de gente vendiendo y comprando flores para llevarlas al cementerio y adornar las tumbas de los familiares muertos.
 
 
La idea celta de que en esta fecha desaparecían las fronteras entre el mundo natural y el sobrenatural también se adapta a las nuevas creencias cristianas. Se pensaba que en la víspera de Todos los santos (la noche del 31 de octubre) las almas vagaban a sus anchas por el mundo; incluso se decía que los difuntos salían de sus tumbas para perturbar la paz de los mortales. Por eso los cristianos también desarrollaron su propio sistema de protección contra los espíritus: las campanas de las iglesias tañían durante la noche para espantar a los posibles espectros. Esta tradición se mantuvo en muchos lugares de España hasta no hace muchos años junto con otra que se estableció a partir del siglo XIX: cada año por estas fechas se representaba en el teatro Don Juan Tenorio, del escritor José de Zorrilla. En esta obra del romanticismo español, el elemento mundano y pecaminoso que representa el protagonista queda anulado y transformado gracias a la actuación cristiana de su antagonista, Doña Inés. En esa pieza teatral también desaparecen las fronteras entre este mundo y el más allá, los difuntos se mezclan con los mortales y el elemento sobrenatural se convierte en protagonista. De ahí que se empezara a representar la obra cada año en tan señalado día, aunque la mayoría de la gente no sepa qué tiene que ver este mujeriego empedernido con los difuntos.
 
 
Pero volviendo a la celebración de la fiesta, se dice que en la noche de Samhain, además de las luminarias se dejaba comida en la entrada de las casas, en los altares y en los caminos para que los seres del otro mundo pudieran saciar su hambre. Se dejaban alimentos especialmente para los espíritus perdidos o los que no tenían descendencia. El famoso Día de los muertos, tan celebrado en México y Centroamérica, tiene mucho de esta tradición que combina elementos paganos y cristianos (importados al Nuevo Mundo por los españoles) y aspectos de la cultura precolombina que, al igual que otras muchas culturas, concede un papel primordial a los ritos relacionados con la muerte. Los mexicanos honran a sus difuntos ese día con bailes y comida variada (pan de los muertos, calaveras de dulces o alfeñiques, etc.), pero al mismo tiempo quieren alejarse del miedo que les produce la muerte; por eso han desarrollado una parafernalia que satiriza y ridiculiza todo lo referente al más allá. El artista mexicano José Guadalupe Posada seguramente podría explicarnos muchas cosas al respecto y relacionarlas con sus dibujos de esqueletos y calaveras (aunque él los utilizó principalmente para hacer una crítica mordaz acerca de la sociedad de su época). En Estados Unidos, debido a la influencia de la cultura hispana, en especial de la mexicana, se celebra tanto la fiesta de Halloween como el Día de los muertos.
 
 
Sea cual sea la forma que adopte esta celebración, lo cierto es que a la noche del 31 de octubre se le atribuye un simbolismo especial en culturas muy diferentes. En España no se decoran las casas con calabazas, brujas y seres terroríficos de color negro y anaranjado; ya ni siquiera se tocan las campanas para asustar a los malos espíritus. Sin embargo, cada vez es más habitual encontrar lugares públicos, sobre todo bares y restaurantes, en los que se pueden ver objetos y colores relacionados con esa tradición pagana. En Salamanca, a pesar de que se tiende a conquistar la voluntad de los numerosos estadounidenses que pululan por los pubs, sigue imperando la tradición católica. Así que en lugar de calabazas, alfeñiques o calaveras, se puede degustar la comida típica de estos lares: los famosos huesos de santo (hechos con pasta de almendra, azúcar, yema y otras delicias) o los buñuelos de viento (masa de harina con varios ingredientes que se fríe y que se puede rellenar de nata, crema o chocolate). Si no sabes hacerlos, podrás encontrarlos en cualquier pastelería, aunque es probable que el precio espante a más de un alma en pena. Son nuevos tañidos para tiempos modernos.
 
 
HAPPY   HALLOWEEN!!!

martes, 13 de septiembre de 2011

Guerreros de Dios

En los días que siguieron a los atentados del 11 de septiembre, cuando se reanudaron las clases, muchos de mis alumnos se hacían la misma pregunta: “¿Por qué nos odian?”. Y me lo preguntaban a mí, como si yo pudiera arrojar un poco de luz en tanto caos. En las clases habíamos hablado de la Escuela de las Américas, del papel de Estados Unidos en las dictaduras de Latinoamérica; yo les había hablado de la Guerra del Golfo, que para muchos era prehistoria; habíamos tenido discusiones sobre la libertad de expresión o la falta de ella en el país que se considera el más democrático del mundo; habíamos visto ejemplos de censura en la televisión y el cine, manipulación de datos, ocultamiento de escándalos, teorías conspiratorias. Pero entonces tocó hablar de cosas que no querían oír y de las que nunca habían hablado con tanta claridad: de la política de Bush padre, de la de Clinton, de la de Bush hijo, la Santísima Trinidad que estaba detrás de tanta destrucción. Algunos de mis alumnos se negaban a admitir lo obvio, pero otros abrieron los ojos y vieron por primera vez una realidad que jamás habían intuido ni deseado descubrir acerca de su propio país. Les dije que el ataque a las torres era una ignominia, una aberración, un acto perverso, pero también les dije que podía ser la excusa perfecta para que Estados Unidos invadiera otros territorios, como había ocurrido antes, como pasó en África, y en el Golfo, y en la Segunda Guerra Mundial. Les dije que Bush hijo iba a continuar lo que había empezado Bush padre y que la liberación de los oprimidos era sólo una forma de ocultar la conquista del petróleo y de las riquezas de otros países.
     

Recuerdo a un chico que quería ser militar y que me preguntó si yo creía que mi país era mejor que Estados Unidos; yo le dije que en algunas cosas sí y que en otras no, pero que en cuestión de política y de guerras, era la misma mierda o peor. Tres años después tendríamos en España las consecuencias del otro trío nefasto, la otra Santísima Trinidad compuesta por Bush, Blair y Aznar. También me acuerdo de otro chico que se negaba a aceptar que la invasión de Afganistán tenía muy poco que ver con llevar la libertad a un pueblo. Ese chico, un mes y pico después vino a mi oficina para hablar conmigo. Parecía muy cansado. Se sentó y me dijo muy serio que en los últimos días había pensado mucho en las cosas que habíamos discutido en clase; también dijo que había estado viendo lo que se decía en la prensa de otros países sobre las razones por las que Estados Unidos había entrado en Afganistán. Me dijo que estaba muy decepcionado con su país y por un momento pensé que iba a echarse a llorar allí mismo. Yo me sentí como si acabara de decirle a un niño que Santa Claus no existe.

Los días que siguieron a los ataques fueron una locura. En la televisión vimos cientos de veces las imágenes de la primera torre ardiendo, del avión estrellándose contra la segunda, de gente saltando por las ventanas de los edificios en llamas; también vimos a seres de ultratumba caminando por la calle cubiertos de polvo y de escombros; nadie quería deducir entonces que entre tanta ceniza había también restos humanos. Oíamos a la gente contar, gritar más bien, que todo era caótico, que había un olor penetrante a carne quemada, que no sabían qué hacer ni a dónde ir; vi que primero todos corrían y que luego se transformaban en un río de lenta consternación. Vi esas imágenes a todas horas, por el día y por la noche, cada día durante muchas semanas. Y mezclada con tanta desolación surgía la rabia, el deseo de venganza, la declaración de guerra.   
 
Sin embargo, nada me pareció más repugnante que las declaraciones de Bush hijo, una y otra vez, confundiendo a la gente, hablando de atacar y de liberar a la vez, hablando de encontrar a Bin Laden y de sacarlo de su madriguera, diciendo que él no iba a permitir que acabaran con la libertad y la democracia. Bush se había convertido en un héroe de repente; el destino se había retorcido hasta el punto de colocarlo a él en lo más alto del pedestal, como a un santo. Fue en una de esas intervenciones de cariz hagiográfico cuando ese individuo empezó a hablar de que iban a llevar a cabo una cruzada contra el terrorismo islámico. Ese término, que pasó desapercibido para la mayoría de los americanos, hizo saltar las alarmas en Europa, donde se sabía muy bien cuál era el alcance de tal alusión. A mí me puso los pelos de punta.
 
A partir de ahí, Bush se convertiría en el mensajero de la divinidad y en su mano armada. Bush estaba convencido, como lo habían estado otros dictadores antes que él, de que era el elegido por Dios para salvar al mundo del mal. Esa actitud mesiánica, esos discursos que apestaban a No-Do, esas frases lapidarias con reminiscencias de la barbarie medieval, pusieron en pie de guerra a miles y miles de americanos que se creían guerreros de la divinidad. Tres años después Sarah Palin defendería con una fiebre similar la guerra de Irak, pero esa es otra triste historia de la que probablemente hable en alguna ocasión.

La vorágine desencadenada por los ataques adquirió proporciones dantescas a lo largo de aquel mes de septiembre. Ya nada volvió a ser como antes. Las imágenes de bombardeos, de destrucción, de cuerpos de civiles mutilados, eran recibidas como compensación por la masacre de las torres. Se estaba asesinando a hombres, mujeres y niños, militares y civiles, sin discriminación alguna, como corresponde a un estado democrático. El enloquecimiento de la gente aumentaba a la par que el número de víctimas, pero a muchos no les afectaba en absoluto porque los muertos no eran personas, sólo musulmanes enemigos de la fe y de la libertad. No podía evitar que en mi cabeza se crearan paralelismos entre lo que estaba viviendo y lo que había leído en las crónicas medievales. Al final Bush sí había conseguido desatar el Averno y resucitar los tiempos de las cruzadas. Seguro que pensó lo mismo que Almaric, el legado del Papa que emprendió la cruzada contra los albigenses, allá por el año 1200, cuando dijo aquello que dicen que dijo: “Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos”.

domingo, 11 de septiembre de 2011

September 11th

Yo vivía en Estados Unidos. Había pasado seis años trabajando y estudiando en Austin, Texas. Después de terminar el doctorado me fui a trabajar a una universidad pequeña de Tennessee que estaba en lo alto de una montaña. Aquel día me levanté, como todos los días, a eso de las 7:30. Puse la radio, fui al baño y desayuné. Después, como todos los días, me metí en la ducha, pero, de repente, me di cuenta de que había algo que no era como todos los días. No había música en la radio; se oía hablar a un locutor atropelladamente, muy nervioso; luego oí la voz de otra persona a la que el locutor le estaba haciendo preguntas a través del teléfono; también hablaba a toda velocidad, casi gritando. Me quedé quieta escuchando atentamente y entonces oí lo que había pasado. Un avión se había estrellado contra una de las torres del World Trade Center de Nueva York a las 8:45, una hora menos en Sewanee. Era martes, 11 de septiembre de 2011. Poco después de las 8:00, (las 9:00 en Nueva York), dijeron que un segundo avión se había estrellado contra otra de las torres gemelas.

No recuerdo en qué momento se empezó a hablar de ataque terrorista, porque al principio nadie sabía qué había ocurrido ni cómo, pero casi de inmediato todo el mundo supo que algo terrible estaba ocurriendo. Me vestí, cogí mis cosas y me metí en el coche para irme a la Universidad. La radio seguía retransmitiendo información confusa, frases inconexas, gritos sordos. De pronto oí una voz casi rota que repetía una y otra vez “Oh my God, oh my God!”, y luego, “The Pentagon!”. “El Pentágono está ardiendo”. Frené de golpe y me quedé parada escuchando, sin entender qué estaba pasando, cada vez más nerviosa. Otro avión se había estrellado contra el Pentágono.

A medida que me acercaba al Departamento de español (la Facultad donde trabajaba) veía a gente corriendo de un lado a otro, grupitos de estudiantes y profesores que deberían haber estado ya camino de sus respectivas aulas. El corazón me latía muy deprisa, me temblaba todo y no era capaz de pensar con claridad. Cuando estábamos todos los colegas dentro, hablando y tratando de encontrar algún sentido a todo aquello, oímos en la radio que un cuarto avión se había estrellado en Pensilvania. Nos miramos como idiotas, asustados, haciéndonos preguntas con los ojos y sujetando la náusea en el estómago. Nadie había ido a clase; se oía a la gente corriendo y gritando por todos lados; de vez en cuando, en medio de aquella confusión, veías a alguien que se sentaba en el suelo, en los pasillos o afuera, y se echaba a llorar, de nervios, de impotencia, de desesperación.

Eran casi las 9:30. De pronto pensé que en España serían las 16:30, que ya habrían emitido el telediario. Mi madre lo habría visto, seguro. A pesar de que nunca usaba el teléfono del despacho para llamar a casa, ese día no lo pensé dos veces. Marqué el número una y otra vez; no había manera de comunicarse, había sobrecarga. Por la tarde, al llegar a casa, vi que mi madre había dejado dos mensajes preguntando si estaba bien. Para entonces, yo había conseguido contactar con mi familia llamando a Canarias. Les dije que estaba bien, pero no lo estaba. Quería irme a casa.

Me quedé en Estados Unidos un año más. Por aquellas fechas ya sabía que iba a regresar a España, pero aquel remolino desenfrenado de odio y rencor me convenció de que no quería quedarme allí. Mucha gente perdió en los ataques a sus hijos, hermanos, padres, madres, amigos, conocidos. Algunos alumnos míos también perdieron a seres queridos o a conocidos que viajaban en los aviones que se estrellaron o que trabajaban en las torres de Nueva York. Todo el mundo decía que jamás se podría haber imaginado que el fundamentalismo religioso y el ansia de control pudiera llegar a tales extremos. Mientras, yo pensaba que esa locura desproporcionada, ejecutada esta vez por islamistas estólidos, ni era nueva ni era tan ajena a nuestra sociedad como algunos pretendían. Estábamos presenciando la infame repetición de la historia, la misma demencia representada de modo distinto. Los verdugos de ahora llevaban turbantes y enarbolaban el nombre de Alá, así que el mundo occidental al unísono condenaba los atentados y calificaba la masacre como un acto de salvajismo sin precedentes. Sin embargo, todo esto no era más que una manifestación diferente de la misma monomanía. Puede que Alá, Dios, Yahvé o Jehová usen distinta máscara, pero todos sabemos que llevan el mismo collar. El respeto al pluralismo ideológico y religioso queda muy bonito de cara a la galería, para la foto de grupo; de puertas adentro, el dios más grande es el que más fuerza tiene.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Los maltratadores de la lengua

Los profesores de secundaria andan revueltos estos días por culpa de unas declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Quieren obligar a los profesores a dar veinte horas de clase semanales en lugar de dieciocho. La señora presidenta arremetió contra ellos diciendo que la mayoría de la gente trabaja más de veinte horas; huelga decir que la buena señora no tenía ni idea de que esas horas se referían únicamente a las lectivas, no al trabajo total de un profesor (preparación de clases, horas de corrección, reuniones departamentales y con padres, tutorías, etc.). A los pocos días tuvo que pedir perdón por sus desafortunadas sentencias. Pero no acaba ahí el escándalo. Doña Esperanza Aguirre envió una carta hace unos días en la que les pedía a los profesores que reconsideraran su negativa a aceptar el aumento de dos horas de trabajo. Ellos le devolvieron la carta corregida, es decir, marcaron en rojo varios errores de ortografía y además hicieron anotaciones al margen acerca de su falta de claridad en la redacción. Esto ha provocado la risa y la burla de muchas personas, pero a mí me ha hecho sentir vergüenza ajena y me ha dado mucha lástima toda esta situación.

Para empezar, no creo que esa carta la haya escrito Aguirre; se la habrá escrito alguien que trabaja para ella, alguien que debería tener la capacidad y los conocimientos necesarios para desenvolverse sin problemas en su puesto, como corresponde a cualquier trabajador cualificado. Sin embargo, a pesar de tratarse de un comunicado oficial, la persona que ha escrito esa carta no se expresa debidamente. ¿Debería sorprendernos algo así? Pues por un lado sí, porque es obligación de esa persona escribir correctamente; por otro lado, no nos sorprende en absoluto, porque estamos habituados a ver por todas partes escritos mal redactados y con una puntuación que haría suspender a cualquier estudiante de primaria. Y estoy hablando de textos elaborados por profesionales de la escritura, es decir, personas expertas en el manejo de la lengua.    

Tengo la fea costumbre de irritarme cuando estoy viendo las noticias en la televisión y oigo barbaridades gramaticales y léxicas en boca de periodistas y otros peritos del idioma que usan las palabras como herramienta de trabajo. Me enfado muchísimo y me pongo a dar voces como una histérica, gritándole a la pantalla como si la corrección inmediata que yo hago pudiera llegar a oídos de ese maltratador del idioma (no voy a usar continuamente el género masculino y el femenino, lo cual no implica que sea machista). Y mi marido, acostumbrado a esos desvaríos, me da unas palmaditas en el hombro y me dice, conteniendo la risa, en un tono de lo más serio: “No te oyen”. Y yo, que soy de ideas fijas, insisto en gritar: “Pues ojalá me oyeran”.

Entiendo que un reportero que está dando una noticia en directo, sin apenas notas de las que echar mano, pueda cometer errores lingüísticos, eso nos pasa a todos, pero no me entra en la cabeza que los periodistas que están leyendo un guión, escrito por ellos mismos o por otras personas de la profesión, caigan continuamente en errores de gramática o de estructuras, que utilicen mal los pronombres de complemento directo e indirecto, o el vocabulario, o que se empeñen en trastocar los usos del verbo saber y el conocer, por ejemplo.

He oído con frecuencia a reputados periodistas decir cosas como las siguientes: “el huracán que asola la ciudad”, “el incendio que asola la zona”, “el vandalismo asola las calles”, etc. Hasta ahora no he oído jamás a ningún periodista decir correctamente este verbo que, para acabar con el misterio, se conjuga así en el presente de indicativo: asuelo, asuelas, asuela, asolamos, asoláis, asuelan. Fácil, ¿verdad? Pues no hay manera de que lo digan cabalmente. A lo mejor cualquier día, por influencia de la mala conjugación de asolar, empiezan a decir cosas como estas: “100.000 habitantes poblan la ciudad”; “en la escena se ve cómo la madre consola al niño”. Es el mismo tipo de verbo con el mismo tipo de error; o como dicen muchos en la televisión, que también está mal dicho, “mismo tipo de verbo, mismo tipo de error”. ¿Por qué tienen esa obsesión con eliminar el artículo delante del vocablo mismo/a? No lo entiendo.

El día 27 de julio leí en El País la siguiente frase: “La policía encontró en la escena del crimen un segundo arma”. No es la primera vez que veo la palabra “arma” usada como si fuera masculina; y también he visto esa misma querencia en palabras como aula o agua. Para quien no lo sepa, generalmente las palabras que empiezan por “a” o “ha” tónica, son femeninas, aunque usen el artículo masculino singular “el”. La mejor forma de ver que son femeninas es ponerlas en plural (el arma, las armas; el aula, las aulas; el agua, las aguas; el hacha, las hachas) o añadirle un adjetivo que obligatoriamente será femenino (el arma blanca, el aula pequeña, el agua fría, el hacha asesina). Hay alguna excepción, como “arte” (“el arte gótico”), pero el plural también es femenino ("las artes plásticas”). Existen otros casos en los que la regla es diferente, por ejemplo, con adjetivos interpuestos (una descomunal hacha), pero hoy ya vamos a dar por terminada la lección.

Otro de los errores habituales se produce con el uso de la partícula “ex”. Lo curioso es que en el mismo artículo he encontrado la misma palabra escrita de manera correcta e incorrecta. El término que más se repite es “exministro”, que debería estar escrito como “ex ministro”. Eso lo he visto en prácticamente todos los periódicos que leo de vez en cuando, desde los locales hasta los nacionales de gran tirada como El Mundo o El País. En este último encontré publicados el mismo día varios artículos escritos por diferentes periodistas donde aparecía lo siguiente: exdirector, excancilleres, exasesor y expresidente. Para aclararlo diré que sólo hay que separar la partícula “ex” de la palabra para que sea correcto: ex director, ex cancilleres, ex asesor y ex presidente. (NOTA: ver la entrada del día 19 de noviembre de 2011 sobre la modificación de esta regla que ha hecho la Real Academia).

Se está acercando la hora del almuerzo, lo cual significa que me sentaré delante del televisor para seguir las noticias. A ver qué sorpresas lingüísticas me encuentro hoy que me hagan gritar desesperada. Y mi marido, con su sorna habitual, me dirá aquello de “no te oyen”; y yo insistiré en mi deseo obsesivo: “Pues ojalá me oyeran”.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Háblame en cristiano

Acabo de leer que el “Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) ha dado un plazo máximo de dos meses al Departamento de Enseñanza de la Generalitat para que modifique el sistema educativo con el fin de implantar el castellano como lengua vehicular en las escuelas, junto al catalán”. La aparente urgencia no es tal si tenemos en cuenta que ya se había dictado sentencia al respecto hace más de ocho meses. Por lo visto, ante las quejas de algunos padres, el Tribunal reconoció el derecho a que el español, o castellano, sea usado de manera “equitativa en relación con el catalán en todos los cursos del ciclo de enseñanza obligatoria". De este modo la lengua española no quedaría reducida a una simple asignatura, que es lo que ha venido ocurriendo desde hace tiempo. Esto hizo que uno de los nacionalistas catalanes más acérrimos considerara en su día la medida como “un ataque sin precedentes” (http://www.elpais.com/, 22/12/2010).

Para ataque el que me da a mí cada vez que pienso que los catalanes se empeñan en arremeter contra la democracia alegando un derecho que sólo ellos ven. ¿Por qué yo, siendo española y teniendo el español como lengua oficial del estado, tengo que saber catalán obligatoriamente si quiero viajar a Cataluña? Alguien dirá que no es cierto, pero yo responderé de inmediato que me consta, porque he estado en Barcelona y lo he sufrido, que la mayoría de los carteles oficiales, si no todos, así como carteles publicitarios, folletos informativos, calles, mapas, nombres de establecimientos públicos y estatales y un larguísimo etcétera están escritos única y exclusivamente en catalán. Es verdad que cuando entraba en algún lugar y me dirigía a alguien en español, se me contestaba en español. ¿Pero por qué tengo que contar esto como si fuera una maravillosa anécdota y además sentirme eternamente agradecida de que me hayan hablado en español estando yo en España?

Por lo visto los colegios y centros educativos de Cataluña envían las comunicaciones y cartas en catalán a los padres, como si éstos tuvieran la obligación de saber dos lenguas cuando su único deber, según la Constitución, es conocer la lengua española. Todo el mundo sabe que el catalán también es lengua oficial en esa Comunidad Autónoma, pero quisiera insistir en el vocablo “también” que está muy lejos de la connotación de exclusividad que pretenden otorgarle los nacionalistas catalanes.

Yo soy ferviente defensora de que la gente hable todas las lenguas posibles, de que aprendan más de una desde la infancia, que es cuando mejor se asimilan; abogo por el uso del español como lengua oficial y de todas las demás lenguas del estado y de fuera de él que un individuo sea capaz de utilizar. Me parece un lujo que alguien sepa hablar español y además catalán, o gallego, o vasco; si por añadidura sabe hablar portugués, o inglés o swahili, mi admiración es aún mayor. Creo que es enriquecedor que alguien sepa hablar más de una lengua y, sobre todo, que conozca más de una cultura. Entonces, ¿por qué ese empeño en eliminar el español? ¿Quién les ha otorgado a los catalanes el derecho de negarles a los españoles el uso y disfrute de su lengua en su propio país? ¿Por qué si yo quiero dar clases en Cataluña, o en el País Vasco, o en Galicia, por ejemplo, tengo que dominar obligatoriamente la lengua de esa comunidad para ser admitido en un centro de enseñanza pública obligatoria? ¿Por qué tengo que saber catalán para dar clases de lengua y literatura españolas en mi propio país? ¿Acaso esto no va contra mis derechos constitucionales?      

Lo que ocurrió en este país durante cuarenta años fue una aberración, un crimen que no debería repetirse nunca más. Sabemos que por culpa del afán de imperialismo las lenguas vernáculas se vieron relegadas a un segundo plano con respecto al castellano; peor aún, fueron perseguidas, desterradas, casi asesinadas. Se castigaba a quien usara una lengua que no fuera la del Estado, y el castigado, a veces callado y otras maldiciendo, iba acumulando cada vez más odio hacia su represor. Cuando la democracia enterró aquel pasado abominable, las lenguas vernáculas pudieron salir de su escondite y ser usadas sin tapujos, pero no acribillando el castellano, sino añadiéndose a la que es lengua oficial del Estado. Muerto el perro, se acabó la rabia, o debería haberse acabado. Sin embargo, hay gente que se empeña en implantar la autocracia, por más anacrónico que sea.

Igual que considero demencial la defensa del imperialismo lingüístico del español, me parece un desvarío muy peligroso la paranoia obsesiva de ciertas Comunidades respecto al uso de su lengua autonómica. ¿Cómo es posible que después de padecer tanto tiempo el caudillaje de unos desequilibrados se levanten ahora los que fueron sus víctimas para imponer una dominación similar? No se puede defender la dictadura lingüística de una comunidad y disfrazarla de derecho democrático. Seamos serios, que la transustanciación aquí no tiene cabida: el pan sólo puede ser pan y el vino sólo vino.